Un mundo adverso y acelerado, convaleciente aún por una pandemia mundial, ha provocado que muchos alumnos/as y docentes se sientan mal. Volver a ser «humanos» en las aulas es el gran reto del siglo XXI, con la autoestima, la empatía y la regulación emocional como compañeras de viaje.
D’avui m’emporto saber que li importo a algú», em respon Isaac, de 12 anys, després de preguntar-li què s’emportava de l’excursió que acabava de realitzar amb els seus companys/as de classe. Un matí i tres dinàmiques; Lideratge amb el cavall, el Circuit de la Confiança i el Pont de la Comunicació Positiva van ser suficients per a la seva reflexió. Vaig sentir ràbia en escoltar-ho, de fet, les seves paraules van traspassar la meva pell fins a clavar-se com una fletxa en el cor. Vaig contenir les meves llàgrimes mentre la seva professora, impactada i fins i tot sanglotant, em confessava que per a ella els seus alumnes/as eren molt importants, però que era cert que mai els havia dit «ets important per a mi». Aquest dia em vaig preguntar: què estem fent?, què ens hem perdut perquè un xaval senti que no importa a ningú? Sis anys després puc afirmar que hi ha molts Isaacs en els nostres instituts.
Las aulas, esos lugares supuestamente seguros para facilitar el aprendizaje y la adquisición de los recursos para caminar por la vida con la fortaleza y la confianza suficientes, se están alejando de su propósito, convirtiéndose en espacios donde educar se ha confundido con rellenar; donde nos piden que dejemos las emociones en la puerta de clase para ser máquinas perfectas de memorizar y resolver problemas matemáticos, deshumanizando a niños/as, jóvenes y docentes.
Gael, un petit de tan sols cinc anys, em va dir: «tinc fred en el cor». Crec que ell s’adonava del que nosaltres a penes apreciem i, és que, encara que el món faci mal i punxi, podem reduir i reparar el dolor de la vida, o amplificar-lo i deixar-nos arrossegar per ell. En realitat, tot és molt simple i per molta innovació pedagògica o fantàstiques metodologies que usem, la nostra manera de parlar, de tractar i de mirar és la que cada dia diu si som dels quals acaricien cors o dels quals els refreden. Tinguem clar que quan refredem, al cervell li costa més aprendre.
Todos sabemos que educar es un compromiso con el aprendizaje, pero también lo es con la sociedad y con el planeta y, por supuesto, con ese niño o niña que tienes delante. Educar, etimológicamente significa «extraer de dentro hacia afuera», y salvo dignas excepciones, la vida o las circunstancias o las leyes educativas de muchos países nos han llevado a hacer todo lo contrario, a «llenar» de fuera hacia dentro, sin tiempo para extraer los tesoros que esconden esas almas que tenemos delante. Confieso que cuando escucho a los niños/as y a los adolescentes, no solo aprendo, sino que, en pocos segundos, recupero mi humanidad y la esperanza, pues son los grandes sabios de la actualidad, no porque los adultos ya no seamos capaces, sino porque las prisas del mundo nos impiden parar y pensar en qué estamos realmente haciendo. ¿Educamos transformando de piel adentro, o nos conformamos con memorizar para mostrar lo aprendido de piel afuera?
El cometido de docentes y educadores no radica solo en «rellenar», eso lo hace cualquiera, incluso Google. Nosotros/as somos mucho más y podemos ir más lejos. En mi opinión, mi trabajo consiste en despertar. En realidad, siento que somos el último reducto, el bastión que queda para poder hacerlo profesionalmente.
